DE HUMANOS, ANGELES Y DIABLOS
Por: Gustavo
Montenegro Cardona
El diablo, antes
de serlo, fue ángel de la corte celestial. El diablo es imagen y acción de las
segundas oportunidades. Aunque pudo optar por la muerte, el diablo decidió
eternizarse, construir su propio mundo, provocar una historia autónoma y jugar
con sus propios dados para rifar el destino de las almas a las que también
tiene derecho como amo de los infiernos.
De seguro que hoy
el diablo habla más con Dios para negociar la distribución de los fieles que
merecen pasar por las llaves de Pedro y los que en definitiva deben quedarse
ahogados en las llamas de su propia desdicha construida a voluntad propia. Creo
que, a su manera, el diablo intercede ante Dios por más de un ser humano en
honor a su propia condición de desdichado.
En esa paradoja
eterna de la conversación entre el bien y el mal, por las calles pasean muchos ángeles
vestidos de demonios y he visto a más de un diablo actuando con el doble de
espíritu angelical que muchos de los arcángeles invisibles con los que muchos
humanos aún no han podido conversar.
En los rincones de
un cuarto, en el silencio de su propia calma infernal, habita un diablo que
pinta, canta, escribe estrofas, juega con una cámara de video, escribe relatos
audiovisuales que llevan el ritmo de sus músicas a veces tan tristes, a veces
tan desesperadas, a veces tan terrenales, a veces tan pegadas al compás de las
notas celestiales.
Durante el tiempo
del mismo encierro, muchos ángeles se resguardan de la plaga, se protegen de
toda peste, se bañan con todas las precauciones, se desinfectan de todas las
realidades y se hacen los de la vista gorda ante la cotidianidad que está por
fuera de sus ventanas descontaminadas.
Por las aceras más
olvidadas, en medio de los andenes más perdidos, junto a los frágiles que deben
resolver día a día el asunto de un plato de comida, este diablo que renunció a
la resignación, se suma a las manos solidarias y generosas de quienes no creen
ni en el cielo, ni en el infierno, sino en la palpable realidad de los que
deben ser atendidos con generosidad en esta y todas las épocas en las que el
olvido los cobija.
En un conjuro que
está más allá del mal y del bien, de lo impuro o lo correcto, de lo sana o lo
enfermo; en esa complicidad que hermana a la gente que está dispuesta a servir,
Juan Cano, nuestro querido “Juancho”, el taciturno diablo que se emborracha de
poesía, que viaja entre sus dolores y melancolías hechas retratos; Juancho, el
de la “Bambarita”, el vocero y vocal, el artista y gestor, el de las múltiples
formas y los muchos estruendos, es el “diablo” que está dispuesto a resistir
desde el compartir y el servicio.
Este Juancho,
junto a la Red de Voluntarios Galeras, ese combo de ángeles sin alas, de
demonios sin pecado, de jóvenes más celestiales que los mismos santos de las
fiestas patronales, toma sus obras, las pone a consideración del público
encuarentenado y extiende su mano solidaria y generosa para que el arte sea el
vehículo que posibilite continuar llevando alimento a quienes les hicieron
creer que no lo merecían, pero que son los que más necesitan recibirlo en medio
de las complejas realidades que aún los hace invisibles.
Este chiquillo, el
gigante diablillo que salta en los escenarios, que juguetea entre el zoom in y
el zoom out de sus cuentos videográficos, el que a su manera sabe lo que duele
la distancia, las fronteras imaginarias y la discriminación, se suma a la
honesta causa de la solidaridad como quien implora en oración para tocar,
ojalá, muchos corazones que le digan sí a su propuesta artística, pero más que
eso, que le digan sí a la posibilidad de seguir sumando esfuerzos, recursos,
voluntades, oraciones, rezos y exorcismos para descongelar los espíritus
terrenales que aún podemos ser y hacer mucho más que sólo indignarnos,
quejarnos o desinfectar las manos.

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